Ellos hacen 65 horas????
Publicado por victorterron en 11 Junio, 2008
A tomar por….
http://www.elpais.com/articulo/opinion/Deriva/antisocial/elpepiopi/20080611elpepiopi_1/Tes
Así que ahora los fenómenos Europeos se les ha ocurrido la brillante idea de aumentar la jornada laboral semanal a 65 horas…
Pues muy bien, asi que todo lo que han luchado nuestros abuelos, nuestros padres (y segun quien me lea, algunos de nosotros), al carajo….
65 horas…
Muy bien, echemos cuentas…
65 horas a la semana son, trabajando seis días a la semana (quien no trabaje 7…), son más de diez horas al día (más cercanas a 11); si contamos a una persona que como término medio en este pais, tarde en desplazarse 45 minutos al trabajo (la gente de Madrid, ahora mismo se esta cagando en mis muelas…), eso suman tirando (poco) por lo alto son cerca de 13 horas al día.
Cuando los días, por lo menos, los de los asalariados son de 24 horas, por matemática pura eso significa que quedan 9 horas. 9 horas, para dormir, comer, educar a tus hijos, hacer la compra, hacer la colada, limpiar la casa y cosas de las que hacemos la gente que nos tocará este tipo de horarios…..
Pues básicamente, que como que no da tiempo. Claro que es lógico, hay que pensar que tenemos que pagar a los políticos que miran por nuestros intereses, tanto a nivel europeo como nacional….
He dicho nuestros intereses…, queria decir los intereses de las empresas, que hace mucho tiempo que no veo dos políticos que velen por intereses de las ciudadanas y ciudadanos juntos….
Si es que no hay como la sabiduría de antes, y los de antes sabían eh……..
En algún momento de mucho desorden en mi vida fui a parar con una amiga que me dio diversos y muy sabios consejos sobre cómo tratar mis desordenes de tiempos.
Uno de ellos fue el de tratar de mantener un balance entre tres elementos de la vida urbana: trabajar, tener tiempo personal y dormir. Como el día tiene 24 horas, la idea es acercarse a:
- 8 horas de trabajo
- 8 horas de ocio (o de “vida personal”)
- 8 horas de sueño
De lo cual destaco lo siguiente:
“trabajar debe ser tan importante (en cuanto a invertir tiempo y energías) como la vida personal”
http://sushiknights.org/2006/12/888_dia_balanceado.html
http://www.oshogulaab.com/MISCELANEA/DESIDERATA.htm
Veis por algun lado 13 horas de trabajo (laboral, que luego hay trabajo doméstico….)????
Y, por cierto, Berlusconi hará 65 horas? Tengo curiosidad, las hara si quiera haciendo algo productivo, ya no digo trabajando???
Pues eso, si es que les tenemos que pagar el sueldo ese tan miserable que tienen, eh Espe, que no llegas a fin de mes….
Ellos hacen 65 horas? La vuelta a la esclavitud escribió
[...] Ellos hacen 65 horas? La vuelta a la esclavitudvictorterron.wordpress.com/2008/06/11/ellos-hacen-65-horas/ por JuanMoran hace pocos segundos [...]
eva escribió
por una vez estamos de acuerdo…que sera d esos niños que solo veran a sus padres un triste domingo…habra q modificar tambien la definicion de familia!En fin…
solangrey escribió
Fragmento de Walden 2 en la que se defienden 4 horas laborables frente a 8.:
Tomemos una semana cualquiera de siete días con ocho horas
laborables por día. Entre paréntesis vale la pena resaltar que la semana de
cuarenta horas laborables y cinco días no ha llegado todavía a todos los
rincones de la nación; muchos campesinos llamarían a esto unas auténticas
vacaciones. Bueno, pues la semana completa a que me refiero supone casi tres
mil horas laborables por año. Nuestro plan primitivo fue reducirlas a mil
quinientas. De hecho, las redujimos aún más. Pero, ¿cómo estar seguros de
que podíamos dividirlas por la mitad? ¿Quiere una respuesta que lo
satisfaga?
—Si existe, realmente me sorprenderá —dijo Castle.
—Muy bien —dijo Frazier rápidamente, como espoleado por la actitud
de Castle—. Ante todo, tenemos el hecho obvio de que cuatro es más que la
mitad de ocho. Trabajamos con más habilidad y más rápidamente durante las
cuatro primeras horas del día. El posible efecto de una jornada laboral de
cuatro horas es enorme, supuesto que el resto del día el hombre no efectúe
demasiado esfuerzo. Hagamos un cálculo moderado en previsión de aquellas
tareas que no puedan acelerarse, y digamos que nuestras cuatro horas son el
equivalente de cinco en el contexto de las ocho normales de ustedes.
¿Concedido?
—Si no se lo concediera, sería un obcecado —dijo Castle—. Pero todavía
le queda un largo camino hasta llegar a las ocho horas…
—Segundo —dijo Frazier con una sonrisa confiada que prometía alcanzar
las ocho horas a su debido tiempo—, tenemos la motivación adicional que
nace cuando un hombre trabaja para sí mismo en lugar de hacerlo para un jefe
que se queda con todo el beneficio. Se trata de un verdadero «salario con
incentivo», y su efecto es prodigioso. Se evitan los desperdicios, la calidad del
trabajo es superior, y la lentitud deliberada se convierte en inconcebible.
¿Podríamos deducir de esto que cuatro horas de quien trabaja para sí mismo
equivalen a seis de quien trabaja para el vecino?
—Y espero que nos harás observar —dije— que cuatro horas trabajadas
en estas condiciones no son más duras que seis de normales. Perder el tiempo
no hace el trabajo más fácil. El aburrimiento es más fatigoso que un trabajo
intenso. Pero, ¿cómo compensas las dos horas restantes?
—Séame permitido recordar que no todos los norteamericanos capaces
de trabajar poseen, en este momento, un empleo —dijo Frazier—. De hecho,
estamos equiparando las ocho horas diarias de algunos con las cuatro de
todos prácticamente. En Walden Dos no tenemos clase ociosa, ni ancianos
prematuros, imposibilitados, borrachos, criminales, ni mucho menos,
enfermos. No tenemos paro obrero debido a mala planificación. Tampoco se
paga a nadie para que no haga nada y puedan, de este modo, mantenerse los
standards laborales. Afortunadamente, nuestros niños empiezan a trabajar a
una edad temprana, en forma moderada. ¿Con qué se queda, Sr. Castle?
¿Puedo añadir otra hora más a las seis que van ya?
—Me temo que le voy a tener que permitir más que eso todavía —dijo
Castle con sorprendente buena voluntad.
—Seamos conservadores —dijo Frazier claramente complacido— y
digamos que cuando un presunto obrero trabaja cuatro horas para sí, su
rendimiento equivale quizá a los dos tercios del de otros obreros que trabajan
siete u ocho horas para otra persona. Ahora bien, ¿qué más podemos decir de
estos trabajadores? ¿Aprovechan sus cualidades? ¿Han sido cuidadosamente
seleccionados para el trabajo que realizan? ¿Sacan el máximo partido de las
máquinas y los métodos automatizados que ahorran esfuerzo y tiempo? ¿Qué
porcentaje de tierras en los Estados Unidos están tan mecanizadas como las
nuestras? ¿Acogen bien los obreros los procedimientos y sistemas
automatizados e intentan aún mejorarlos? ¿A cuántos buenos trabajadores les
es permitido ascender a niveles más productivos? ¿Cuánta formación reciben
los obreros para hacerlos lo más eficientes posible?
—No tengo por qué hacerle mucho caso en cuanto a la mejor utilización
de la mano de obra —dijo Castle— si se permite a los miembros de la
comunidad la libre elección de sus puestos de trabajo.
—Es una extravagancia, tiene razón —dijo Frazier—. Nos superaremos
en la próxima generación. Nuestro sistema educativo se encargará de ello. De
acuerdo. No se añada nada a las pérdidas debidas a talentos desperdiciados
por estar colocados fuera de su sitio — se calló por un momento, como
calculando si podía permitirse tal concesión.
—Todavía te falta justificar una hora — recordé.
—Ya sé, ya sé —dijo—. Pero, ¿y nuestra simplificación en la distribución
de productos y los empleos que con ella han desaparecido? ¿Cuántos puestos
de trabajo hemos sencillamente eliminado? Paséense por una calle de
cualquier ciudad. ¿Con qué frecuencia vemos a gente ocupada en algo
realmente provechoso para la comunidad? Encontramos un Banco, y más allá,
una compañía de préstamos. Y una agencia publicitaria. Y luego una empresa
de Seguros. Y otra… — No fue una demostración efectiva, pero Frazier parecía
feliz haciendo tal observación aun a costa de su dignidad personal—. Nos
resulta muy difícil explicar los Seguros a nuestros niños. Asegurarse, ¿contra
qué? Y una funeraria… ¡un crematorio se ocupa de nuestras cenizas cuando
llega la hora! —Se apartó de este tema con un movimiento de cabeza—. Y
aquí y allí, y por todas partes, bares y tabernas totalmente superfluas. En
Walden Dos no se prohíbe beber, pero todos dejamos de hacerlo en cuanto
satisfacemos las necesidades responsables de este hábito en el mundo entero.
—Si se me permite interrumpir esta jira por la ciudad —dije—, ¿cuáles
son esas necesidades?
—Bien, ¿por qué bebes? —dijo Frazier.
—No bebo… mucho. Pero me gusta tomar un cocktail antes de comer. En
realidad, las personas que me rodean no significan mucho para mí hasta que
lo he bebido.
—Yo, por el contrario, las encuentro agradabilísimas —dijo Frazier.
—Aquí es diferente —dije, cayendo miserablemente en su trampa.
Frazier y Castle se rieron estrepitosamente.
—¡Por supuesto que aquí es diferente! —saltó Frazier—. Necesitas tu
cocktail para compensar la fatiga y el aburrimiento de una sociedad mal
organizada. Aquí no tenemos necesidad de antídotos. Ni de drogas. En el
fondo, ¿por qué bebes? O, mejor dicho… ya que veo que tú no eres un caso
típico, ¿por qué beben los demás?
—¿Por qué?… Para olvidarse de las propias penas —balbuceé—. Por
supuesto, ya sé lo que vas a contestar a esto. Digamos, para evadirse, para
cambiar…, para disminuir las propias inhibiciones. Tú también tienes
inhibiciones, ¿no es verdad? Pero quizá alguno de los presentes quiera
echarme una mano. —Me volví con poco tacto hacia Bárbara, pero ella desvió
la mirada.
Frazier se rió entre dientes un momento, y se lanzó de nuevo al ataque.
—Déjenme recordar algunos negocios que todavía no hemos eliminado y
que son muy adecuados para comprender el problema del aprovechamiento
de la mano de obra —dijo—. Los grandes almacenes, los mercados, las
perfumerías, las tiendas de ultramarinos, los salones de exposición de
automóviles, las tiendas de muebles, las de calzado, las pastelerías… todas
están llenas de gente inútil que hace cosas inútiles. La mitad de los
restaurantes se podrían cerrar para siempre. Aquí un salón de belleza y allí un
cine. Y más allá, un salón de baile, y luego una bolera… Y, mientras tanto,
autobuses y tranvías zumbando por las calles, transportando gente de un
lugar inútil a otro igualmente inútil.
La visión era horrenda, y el argumento, devastador.
—¡Quédese con la hora que le falta para completar las ocho! ¡Y
enhorabuena! —dijo Castle cuando vio que Frazier se tomaba un momento de
reposo—. Debería haberme fiado de su palabra. Después de todo, como usted
dice, es un hecho consumado.